
Bajé con cuidado por la escalerilla que daba al subterráneo y respetuosamente me abrí paso en la oscuridad con mi pequeña linterna, pues no quería asustarlos en su morada. Conté desde las escaleras, uno; dos; tres…. ¡Cinco! Ese era el mio. Avancé con pala en mano y cuidadosamente extraje la tapa del quinto espacio de la parte inferior de la pared del costado derecho para arrastrar el cofre hasta la mitad del lugar, me asomé por la abertura del quinto espacio y apunté con la linterna, pero sólo había polvo de muertitos. Miré nuevamente extrañado, juraría que el anillo se me había quedado ahí. Pronto una ocurrencia, me acerque al ataúd y le saqué la tapa con sumo cuidado, exponiendo el cadáver a la tenue luz de mi linterna le examiné meticulosamente… Y precisamente en el cuarto dedo de la mano izquierda estaba el anillo, reluciente en el dedo del muerto. Lo miré por un rato, y luego me acerqué para sacárselo, pero algo me detuvo. Retrocedí la mano, tapé el ataúd, le puse en su lugar y lo sellé, ahora, para siempre. Saqué mis escasos bártulos y subí.

De todas formas, a él le quedaba mejor.”
Ilustraciones por Fiorella "Fioarti" Severino
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