sábado, 17 de noviembre de 2012

Sofoco

Tómame
y sacúdeme fuerte.
Estrújame
y luego bebe mi sangre.

Te daré el abrazo mortal
y en llamas nos envolveremos
para que un naciente fuego consuma las carnes.

Yo te necesito
y tú a mi,
per nos rehusamos a fundir nuestros cuerpos,
pese a los desgarradores gritos del alma,
que gruñe entre los ojos complacientes,
y como piedras estoicas
asumimos con resignación el soplo del viento.

No hablamos más que para sumirnos en placeres banales,
como tales venados, corremos desesperados en un bosque cercado.
Sin astas,
despellejados.

Desnudos en la imaginación,
nos tocamos y abrazamos,
nos devoramos,
simulamos calor
y sin embargo me muero de frío

Déjame y me iré
Córtame las alas,
caminaré
Córtame las piernas,
me arrastraré
Mátame,
y seré libre.
Ábreme la cabeza y mira dentro
mira los ojos rojos
y despacio,
acierta el tiro de gracia.

Porque realmente tú me quisiste
ya no importa,
no más que tu cuerpo arañado
por mis débiles manos.

domingo, 7 de octubre de 2012

Sutil vengaza



Puedo condenarte a un abismo de sufrimiento y acoso por seres que tu pequeña mente mortal es incapaz de comprender,  puedo encargarme de pudrir tu alma desde dentro hacia afuera para hacer cada día de tu existencia tan miserable como el gusano que habite el tronco asediado por el carpintero y puedo volverte inmortal para que tu agonía y tormento nunca termine. Regeneraré cada fibra de tus órganos para que nunca pares de vivir y cuando ya no te quede esperanza  te daré un pequeño esbozo de ella en los ojos y luego te la arrancaré de forma tan despiadada que tardarás días en levantarte y para cuando lo hagas, te golpeare en las canillas para que caigas de nuevo hasta masacrarte las rodillas y no te puedas volver a parar y no te quede mas que ver el cielo envuelto en súplicas patéticas para que alguien te salve de este dolor, y ahí, en plena desesperación de tu ser, una paloma se asomará y te cagará directo en el ojo.

viernes, 10 de agosto de 2012

Desabrido

La otra vez te vi soñar
lo recuerdo tal cual
tus ojos cerrados y tu mente en la pantalla blanca.
Yo estaba ahí
y te vi soñar.

Recuerdo que soñabas con hierro,
metamorfoseabas a los canes para convertirlos en fieras
para que entre ellas consumieran sus carnes en una desenfrenada carrera vitalicia.
Y que entre ellas
las lenguas primas danzaban para apaciguar el hambre
pero no pudieron.

Recuerdo también haber visto
a las yeguas corrompidas por la pestilencia de los demás,
y recuerdo su expresión ante el dolor,
le saboreaban y se lamían entre ellas las llagas en la piel.
No le conocían.

Y mientras acariciabas la madera tallada,
corrías desnudo entre los coyotes
y aullabas como ellos
porque buscas lo mismo que ellos,
un poco de carroña para saciar a la divina mujer que con su manto de noche nos perturba con su belleza incógnita,
o debería decir el espectro que se escurre entre tus cavidades para asentarse en lo mas íntimo de tu alma que se alimenta de tu errática agonía?

Y sigo aquí., te observo soñar entre la monotonía de mi pasión
que hace tanto tiempo añoraste
y esperaste con ansias a que te diera una muestra.
Y ahora sólo ya no te importa.

Pero yo seguiré aquí
inerte ante tus vívidos ojos
más viva que nunca,
porque mientras te vea soñar,
y me alimente de tu maravillosa imperfección
seré inmortal.

martes, 31 de julio de 2012

El trabajo, mi consuelo


“Tenía que bajar a la última tumba que había cerrado, pues se me había quedado el anillo del abuelo ahí dentro y una reliquia familiar es... eso, una reliquia familiar. Me dispuse a abrir la cripta donde había estado ayer a esta misma hora, el mismo ocaso. Pero no importa que oscurezca, pues mi turno nunca termina. Era un mausoleo realmente hermoso, amistoso a la vista de las ánimas e imponente para los otros. Adentro había a lo menos quince espacios para los entierros, hasta ahora, todos ocupados, diez en la superficie, cinco en el subterráneo. Desde la reja, los ángeles fúnebres me observaban con clemencia. Ellos también cuidaban ese lugar, nunca se movían ni nuca alivianaban su expresión, que día a día clavaban en mis hombros cansados. Les di la espalda y sentí como me juzgaban, en silencio, solo silencio.
  
Bajé con cuidado por la escalerilla que daba al subterráneo y respetuosamente me abrí paso en la oscuridad con mi pequeña linterna, pues no quería asustarlos en su morada. Conté desde las escaleras, uno; dos; tres…. ¡Cinco! Ese era el mio. Avancé con pala en mano y cuidadosamente extraje la tapa del quinto espacio de la parte inferior de la  pared del costado derecho  para arrastrar el cofre hasta la mitad del lugar, me asomé por la abertura del quinto espacio y apunté con la linterna, pero sólo había polvo de muertitos. Miré nuevamente extrañado, juraría que el anillo se me había quedado ahí. Pronto una ocurrencia, me acerque al ataúd y le saqué la tapa con sumo cuidado, exponiendo el cadáver a  la tenue luz de mi linterna le examiné meticulosamente… Y precisamente en el cuarto dedo de la mano izquierda estaba el anillo, reluciente en el dedo del muerto. Lo miré por un rato, y luego me acerqué para sacárselo, pero algo me detuvo. Retrocedí la mano, tapé el ataúd, le puse en su lugar y lo sellé, ahora, para siempre.  Saqué mis escasos bártulos y subí.
Me quedé mirando un rato a través de la reja cuando sentí que una huesuda mano se posaba en mi hombro. Era la mano del dos, se le había caído la tapa ayer y se me había olvidado repararla. Sentí el consuelo.
De todas formas, a él le quedaba mejor.”

Ilustraciones por Fiorella "Fioarti" Severino
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miércoles, 25 de julio de 2012

Quédate afuera un rato

Era una mañana típica en la vida de don Pedro, olor a pan tostado y ayuno inundaba la casa de un piso, dos habitaciones, un baño y el pequeño antejardín. Era un hogar simple, simple como su dueño. Don Pedro vivía ahí desde antes de nacer, su esencia prevalecía desde antes en la construcción. Era como si el nacimiento de don Pedro fuera sólo la materialización en carne de lo que representaba esa casa, él siempre estuvo ahí. Se ubicaba en una esquina de algún barrio perdido en la nueva urbanidad de una ciudad en crecimiento juvenil. Después de desayunar, don Pedro se dispuso a salir por su paseo matutino. Iba siempre por la misma ruta, tanto que ya se la sabía de memoria, pues llevaba no menos de treinta años que hacía lo mismo, caminaba por la pequeña arboleda, pasaba a la panadería y saludaba, luego al minimarket y saludaba. Proseguía a la vieja zapatería y saludaba, siempre saludaba. Luego del paseo, se encerraba en su biblioteca personal y ya a esas alturas era imposible conseguir su atención, despúes caminaba gentilmente al parque y se sentaba en el banquillo de siempre, al lado del árbol de siempre.
 Ya estaba abriendo la puerta para cuando una mujer le llamó a la casa y le pidió que le esperara a la vuelta de su paseo fuera de la casita. Don Pedro se quedó con las palabras en la mente: "espérame afuera". Manteniendo el la cabeza aquel pedido, emprendió su caminata. Pasó por la arboleda, saludó al panadero, compró un jugo en el minimarket, preguntó si sus zapatos aún no estaban listos y finalmente volvió a la esquina de la casa. Se quedó parado ahí, esperando pacientemente. Él no se había olvidado.
 Pasó media hora, una hora, dos horas, tres horas y antes de la cuarta se apareció una mujer medianamente joven, con rostro de apuro, un bolso y el celular en la mano, se le acercó a don Pedro y le dijo: Disculpa viejo, es que me dormí en la micro y me atrasé. ¿Quién es usted? Respondió don Pedro. Soy la María, le dije que me esperara afuera en la mañana, que tenía que conversarle algo importante. Yo no le conosco. El asombro de la mujer se apoderó de su rostro al oír aquella respuesta, pero pronto se recuperó y le dijo: Bueno, si se le pasa, voy a estar adentro. Sacó las llaves y entró en la casa, en la de don Pedro.
 En cuanto respecta al viejo, para cuando llegó la noche seguía parado parado en la esquina, y ahí estaba al día siguiente, y el siguiente a ese, siguió en la esquia cuando los días se volvieron semanas, las semanas en meses y los meses en años. Aún así, la mujer iba todos los días a ver a don Pedro, le daba desayuno, almuerzo y once, conversaba con él y compartían en compañía.
 Don Pedro había dejado de dar paseos en las mañanas o encerrarse en su biblioteca, ahora sólo esperaba.
 Pronto los tiempos volaron y el viejo nunca se movió, le decía a la mujer que le acompañaba que estaba esperando a alguien, y que le esperaba desde que terminó su paseo en la mañana. Él iba a seguir espeando.

sábado, 14 de julio de 2012

Diálogos

I

-Déjame
-No.
-Que me dejes
-No.
-Aléjate de mí
-No.
-¿Por favor?
-No.
-¿Y si es que te  digo que te odio?
-No me importa
-¿Que cada fibra de tu ser me produce tal síndrome de repulsión que ni aguanto el olor a podredumbre que emana tu desgracia?
-¿Y?
-Pues lo hago
-¿Qué cosa?
-Odiarte
-Ahh... bueno
-Déjame
-No.
-¿Acaso no entiendes que la oxidación del pobre emplumado es inevitable ante los ojos de Dios?
- Ajá
-Entonces, déjame… Que soy malo!
-No importa
-Puerco insulso, déjame
-Que no.
-Pero... ¿Por qué?
-Porque me prometí a mi mismo que para cuando volviera, el pasto habría crecido.

lunes, 9 de julio de 2012

Canto entre zebras

Siento el ardor en el pecho nuevamente.
El pinzón que mató al parásito
es ahora el que bebe la sangre desparramada.
Urde su pico entre la fibra
para romper las venas expuestas, hinchadas.
No le importa que duela,
él no siente nada.

Cuando el viento habla de nuevo
se lleva al pájaro traicionero.
Y se posa en corazones ajenos,
desparasitándo veneno.

Y aquí estoy,
sangro otra vez
la sangre se desperdicia
y acumula dentro del pecho,
se pudre y espeza.

Y aquí estoy
llamando al pinzón traicionero,
lo diviso a lo lejos
entre pelaje humano.
Y me río de lo que tengo,
de las enfermedades que trajo,
porque antes era un alma pura, blanca
y ahora habita un cuerpo de sangre fría,
coagulada.





martes, 3 de julio de 2012

Sueño visceral


Dame de comer,
nutre mi ser,
pero ten cuidado,
ya no me gusta la carne podrida.
Deja la leche,
alimento de infancia.
Deja el potaje,
alimento de paraje.
Deja la verdura,
alimento de cordura.
Deshazte de las moscas en las roscas,
de las larvas en la olla,
la enfermedad me debilita
pero es el alimento del alma.

Y de nuevo
dame de comer
menjunje de entrañas.
Lo vomitaré y recrearé el universo.
Mi universo.
Y de nuevo
dame de comer
carne con sabor a muerto,
se volverá de mis venas
y moriré entre carroña-
Pero descuida,
se me va a pasar.
Porque la luna aún no mengua.
Porque los monos no aúllan.
Porque entre las cenizas,
los gusanos emplumados duermen.
Duermen y se ríen entre pelusas.
Se ríen de mi.
Se ríen de ti.
Se ríen de todo.

Pero no importa.
Mejor así
que si ellos no ríen, la fruta se va a podrir.
Y si se pudre,
me voy a ir.
Sin respirar,
sin aliento,
voy a desaparecer tras un hueso de perro.

martes, 12 de junio de 2012

Mis amigos



Habitan en mí, una infinidad de seres reverentes. Ellos, son mis amigos, y sin embargo se dedican a causarme estragos en la vida. A unos les llamo ángeles, son la mitad de ellos. Son los racionales. El esplendor de la mente y la lógica teje sus ideas y les viste con virtudes, las de ellos. Siempre les gustan las cosas como son, como se planearon. Un cambio, una situación, les causa la mayor ira y enojo racional. Todo está en la razón, todo es razonable. Los otros son los demonios, puramente emocionales. Les gusta vivir sus pasiones, las confunden y pintan de diferentes colores.
Si están felices, se pelean y golpean bestialmente. Si se sienten angustiados, duermen plácidamente.  Si están enojados, ríen y el cariño les fluye desde las entrañas. Pero siempre lloran. No usan ropajes porque se mojan con el llanto y pueden enfermarse. Y si se enferman, se mueren, y si se mueren, no se emocionan, y si no se emocionan ya no serían ellos mismos.
Los ángeles les tienen miedo, por eso les pusieron el bastón en la frente y los empujan para subyugarlos, por que si se paran, van a ser iguales.
Hace poco que se cansaron y decidieron sentarse con los otros, bajaron báculos y reposaron.
Ahora se están golpeando en una orgía desaforada de confusión latente. Ellos ya no son ellos, a veces los demonios son los ángeles y los ángeles se desnudan para mojar sus ropas. Ellos son los amigos.

domingo, 15 de enero de 2012

¿Tiene hora?

En cuanto se percató de su presencia, empezó la guerrilla de miradas. Se las lanzaban de aquí para allá. Buscaban con claridad su objetivo, los ojos del otro. Se turnaban para admirarse entre la multitud, ajena a la batalla que se desenvolvía frente a todos. Pero pronto llegó el momento del impacto. Sus miradas se cruzaron en un repentino salto de la micro. Ambos sintieron el choque, ella sintió una repentina aceleración de su pulso junto con que su corazón pronto saltaría de su pecho. Él la vio como una tímida niña con el naciente rubor en las mejillas. Le empezaron a sudar las manos y a titubear en sus pensamientos. 
 Fe en aquel momento donde la abstracción les llevó lejos, convirtiéndose en entidades ajenas a la realidad. Él se acercó lentamente hasta estar lo suficientemente cerca como para que un pequeño roce entre sus manos les llevara los sentimientos a la piel.¡Qué daría ella por volver a sentir su calor y el ligero sonido de su profunda voz preguntándole que hora es!
 Luego de eso un beso. Solo un beso. Nació de sus sellados labios, envueltos en el calor de las mejillas del otro, regocijándose en sueños. Después de culminada su pasión anónima él se bajo de la micro, parecía perdido y divagante entre la muchedumbre. Nunca más se volvieron a ver, pero cada noche, una llamita crecía en ambos corazones, quemándoles el pecho, gritando por la ausencia del otro.

miércoles, 11 de enero de 2012

A lo que llegan los secretos ¿no?.. De nuevo el provecho es solo para unos pocos, si no entienden a lo que me refiero vean lo que es el ACTA.
Censura, multas privación de derechos, adiós privacidad en internet. Pérdida total de su neutralidad y el fin de una web libre

martes, 18 de octubre de 2011

Dándoselas de ángel

Lo que les voy a relatar es un suceso único, fantástico e increíble. No les aseguro mi absoluta sanidad mental porque hasta yo mismo cuestiono lo ocurrido. Es fácil juzgar y declarar de inmediato que lo que es mi mente se apoderó de mi cuerpo, causándome una ceguera de la realidad. Pero lo sucedido dejó secuelas fáciles de recordar, no sólo en mi mente, sino que también en la memoria de los presentes (así es, cuando todo ocurrió no estaba solo).
 Era una semana extraña, nada me acomodaba, es más, todo me desagradaba. Quería estar sólo y sin embargo a causa de mi falta de edad suficiente para decidir por mi mismo, tenía que asistir al colegio pese a que alegara mal estar o enfermedad. Por lo general era una persona con pocos amigos, pero relativamente sociable. No tenía problemas con nadie y lidiaba con los desacuerdos tragándome la saliva y respirando hondo. Pero durante la última semana antes del suceso estaba convertido en un monstruo, aunque nadie se diera cuenta. A raíz de mi persistente paciencia era foco de constantes bromas y molestas acciones, nada mas que un juego, decía yo. Pero entonces era distinto, cuando me guardaba lo que llaman rabia, sentía como si tragara ácido espeso y caliente. Enfurecía, quería pelear, romper cosas, machacar rostros, quebrar huesos, golpear carne. Liberarme. Ojo que el que me molestaran constantemente no era la única causa de mi recurrente mal humor. La espalda estaba matándome. Andaba con la cabeza hacia adelante bajo los hombros. Mi aspecto daba la sensación de ser una especie de bestia sedienta de sangre, encorvado, paso lento, brazos pesados y una mirada que te penetraba con ira. Ese mismo día me llevaron al doctor, quien anunció que posiblemente era algún tipo de defecto genético, pues mi abuela tenía joroba desde sus quince años. Me medicaron con paracetamol y anti-inflamatorios, pero nada aliviaba mi agonía.
 Lo único que se me venía a la mente era el deseo de dejar este cuerpo y cambiarlo por otro, uno mejor, uno que estuviera bueno. Una metamorfosis no estaría para nada mal. Para mi fortuna o desgracia, esa transformación estaría cerca. Y no sería espiritual o algo por el estilo, ya saben. 
 Al día 7 contando desde la aparición de mi dolor, algo me sucedió. Desperté con ganas de correr y luchar cuerpo a cuerpo con un oso. Me levanté enérgicamente, pero estaba agotado, así que caminé lento hasta mi cocina. Tenía sed, mucha sed. Me arrojé a la llave del agua y empecé a beber a borbotones el agua que salía de la llave. Luego marché a mi colegio sin decir ni una palabra, pese a que el dolor de espalda se volvía mas agudo a cada instante. El día transcurrió lentamente, pero para cuando era la hora de almorzar yo estaba listo para renacer. Estaba en clases de matemáticas con una fuerte jaqueca, el silencio era sepulcral, así que mis gritos fueron evidentes al instante. Empecé a manifestar mi dolor, era ya insoportable. Me arrojé al piso con violencia y me agarraba los hombros entrecruzando los brazos, apretando con todas mis fuerzas para al menos disipar un poco el dolor, pero nada funcionaba. Sentía un calor que venía desde mis entrañas, como si de mis glándulas brotara aceite hirviendo, cocinando todo bajo la piel. Era tan insoportable que tuve que desnudarme frente a los ojos de mis expectantes compañeros, todos pasmados presenciando el espectáculo, el profesor, atónito, no reaccionaba (como los demás), mientras yo me revolcaba en mi infierno. Pronto sentí que la piel desnuda se rompía en el sector superior de la espalda. Algo estaba emergiendo de mí. El dolor se agudizó y grité desgarrándome la garganta, llegando a hacer retumbar los vidrios. Mientras mi piel se rajaba, veía por el reflejo de la ventana salir unas extremidades cubiertas por una membrana. Pensé que sería otro juego de brazos o piernas, pero me equivoqué. Eran alas. Un par de alas blancas cubiertas de sangre, protegidas por una tela que se deshacía a los minutos de estar en contacto con el aire, sobresalían de lo que era mi espalda, rajada entera. El dolor fue disminuyendo a medida que mis alas iban completando su aparición. Cuando lograron salir del todo, mi piel se fue pegando sola. Los tejidos se regeneraban rápidamente, sin dejar cicatrices. 
 A partir de ahora debo de valerme de testimonios de terceros, pues yo no recuerdo nada, sólo un hambre horrible y haber despertado en una clínica con un par de muñones en la espalda.
Se veía perdido, cuando se alzó, tenía la mirada perdida, ya no tenía ningún tipo de pelo. sus pupilas estaban dilatadas al máximo, se veía inconsciente de su cuerpo. Se puso de pie y puso sus ojos en la manzana que estaba comiendo, avanzó mientras todos petrificados observábamos a Gabriel, me quitó la manzana de las manos y se la zampó de un bocado, y así acabó con toda la comida que estaba a la vista, arrojando por los aires mochilas, loncheras, papeles y sillas. Cuando se vio saciado, levantó al que tenía más cerca con una sola mano, me rodeó el cuello y me alzó del suelo. Empecé a sudar frío, pero aún estaba en shock. Las alas no eran la única cosa que había cambiado en él. Sus músculos se veían mucho mas poderosos, ya no había presencia de la vida sedentaria que llevaba, la grasa se había evaporado y en cambio los músculos aumentaron su tamaño. También estaba mas alto, sus huesos se habían estirado, era terrorífico. Giró la cabeza y me arrojó contra la pizarra, luego, como un sonámbulo camino hacia la puerta. Salió al patio y extendió sus alas, tan blancas que cuando la luz del sol dio en ellas nos encandiló a todos los que le habíamos seguidos desde atrás. Alzó vuelo de forma majestuosa e imponente, pero cuando estaba en los aires, un dardo le llegó, haciéndole caer como un saco de plomo. El hombre dueño del disparo dio una orden a los que estaban mas atrás. Cuando cayó Gabriel, se le abalanzaron, amarrándole con cintas los brazos, piernas y alas. Por lo que supe después le cortaron las alas con una sierra e usaron sus plumas para hacer almohadas  de ángel.